lunes, 20 de abril de 2009

El poder de la globalización de la musica

La música no conoce fronteras.
La técnica ha conseguido que diferentes artistas callejeros de todo el mundo hayan unido sus voces y sus instrumentos en una sola voz. Disfruta de la idea y creatividad de este joven ingeniero de sonido.
(ver video haciendo click aqui)

jueves, 26 de marzo de 2009

Ponga un optimista en su vida

En el apogeo de su poder, Stalin inspiraba terror entre los gánsteres de su corte. Hasta tal punto que, según las crónicas, cuando cometía un error todos los que intervenían tras él repetían la misma equivocación. Aunque se tratara de un simple lapsus, los palmeros preferían no corregir al jefe. Por si acaso.
El caso anterior llega al absurdo. Pero nuestras actitudes, creencias y comportamientos son influidos por los de los demás. Nada nuevo. Los psicólogos han probado que la tendencia de las personas a discrepar en un grupo es inversamente proporcional al tamaño y cohesión de éste. Independientemente de que el grupo esté o no equivocado.
Así lo prueban experimentos como los de Salomon Asch, en los que un grupo de personas debían responder algunas preguntas sencillas. En realidad, todos los participantes excepto uno conocían que se trataba de un experimento y daban una misma respuesta, evidentemente incorrecta, a las preguntas. El propósito era ver si el único participante que no sabía lo que estaba sucediendo era capaz de opinar en sentido contrario al de los demás. Generalmente no lo era; cuando un puñado de personas opina en una misma dirección es difícil que un único individuo se atreva a discrepar, aunque el error del grupo sea evidente.
En versiones más o menos edulcoradas, encontramos la misma tendencia a la conformidad en los consejos de administración de las empresas mal gobernadas, o entre analistas financieros y otros profesionales de lo arcano.
La conformidad también aparece en grandes grupos de personas sin una autoridad central aparente. Un comportamiento similar al de los rebaños o los bancos de peces. Los mercados están llenos de comportamientos de este tipo. El inflado de las burbujas bursátiles y el pánico que las sigue son un claro ejemplo. El comportamiento en estos casos es irracional y marcado por la emoción: codicia cuando los mercados van bien y pánico cuando caen. Ilustres académicos han identificado esta tendencia como señal distintiva de la irracionalidad colectiva de los inversores. Pero ya decía Keynes que el mercado puede comportarse de manera irracional durante más tiempo del que uno puede mantenerse solvente.
Olivier Blanchard, economista jefe del FMI, publicaba en The Economist una tribuna con su punto de vista sobre la crisis. Bajo el sugerente título (Casi) nada que temer excepto el miedo, opinaba que eliminando la incertidumbre de los mercados buena parte del problema estaría resuelto y que pronto volveríamos al business as usual. La actual incertidumbre provoca una prudencia extrema y perniciosa entre inversores, empresas y consumidores. Nadie compra un coche si cree que se acerca la peor depresión desde la caída de Constantinopla. Aunque la prudencia individual es racional, a nivel agregado es casi catastrófica.
Entre otros, Blanchard sugiere un estímulo del consumo que serviría para estimular la demanda y para disipar de los cerebros de los consumidores la idea de que estamos de nuevo en 1929.
En suma, nos enfrentamos a un problema de incertidumbre y a la perentoria necesidad de cambiar la percepción colectiva sobre la gravedad y perspectivas de la actual situación. Difícil, cuando cada nuevo pronóstico aleja un poco más la recuperación y vaticina efectos crecientemente devastadores. Cenizos.
Todo ello nos lleva a cómo disipar la incertidumbre y cambiar pesimismo por optimismo. Académicos de distintas disciplinas llevan algún tiempo estudiando este asunto. Lo que nos dicen es que, en algún momento, florecerán opiniones en contra de la idea generalmente extendida. Al igual que sucede con las modas, ser partícipe de una idea que todo el mundo comparte deja de ser atractivo después de algún tiempo. Además, los disidentes ganarán adeptos rápidamente y multiplicarán la población de optimistas. Según nos dicen académicos de la Universidad de Pittsburgh, los disidentes sólo se mantendrán en sus trece si saben que hay gente que opina como ellos. Nadie quiere pasar por loco.
En suma, y aunque parte del daño ya está hecho, necesitamos que inversores, empresas y consumidores comiencen a ver el mundo de color de rosa. Por eso, si algún amigo les dice que la recuperación se producirá inesperadamente y antes de lo previsto no se rían de él. Pidan que se le declare especie protegida y conviértanse a su religión. Y cambien de lavadora, que todo va a ir bien.

Publicado en Cinco Dias 09/03/2009
Ramón Pueyo. Economista de Global Sustainability Services de KPMG

miércoles, 25 de marzo de 2009

El Fred Goodwin que todos llevamos dentro

Últimamente, me he encontrado con cuatro explicaciones sobre cómo nos metimos en la situación en la que nos encontramos y la primera es que hay demasiados hombres en cargos de responsabilidad.
La primera de estas cuatro explicaciones dice que se debe a que hay demasiados hombres en cargos de responsabilidad. Si las mujeres hubieran estado al frente, no habrían asumido riesgos tan altos y los bancos seguirían concediendo créditos y la economía aún estaría creciendo.
Esta teoría me resulta sensiblera, indemostrable y totalmente estúpida. No tenemos ni idea de cómo sería la economía si estuviera dirigida por mujeres, una economía así nunca ha existido. Mi experiencia en un centro educativo exclusivo para mujeres –un colegio para mujeres en la Universidad de Oxford– me lleva a pensar que las cosas habrían sido muy similares. Por lo que sé, la principal diferencia entre los colegios de hombres y de mujeres tenía más que ver con el apetito por el desayuno que con el apetito por el riesgo. En mi colegio, las estudiantes se levantaban por lo general a tiempo para tomar huevos revueltos con tostadas y recorrían los pasillos en camisón, mientras los hombres tendían a permanecer en la cama.
La segunda explicación no culpa de la crisis al exceso de hombres en altos cargos, sino al exceso de alphas. El error fue que los líderes eran demasiado autocráticos. Si, en cambio, hubieran sido más curiosos y hubieran mantenido los pies sobre la tierra, las cosas habrían ido mejor.
El error de esta teoría es que no refleja de forma realista la naturaleza humana. La gente madura y con los pies sobre la tierra por lo general no quiere ser líder. Tener los pies sobre el suelo implica que no deseas que otra gente te siga, ya que es una molestia y una responsabilidad, y eres perfectamente feliz tal y como estás. Y la curiosidad implica que es más probable que optes por una carrera como detective privado o periodista, no como banquero o ejecutivo.
La tercera teoría sitúa la raíz del problema en el egoísmo. La semana pasada, el economista Richard Layard exponía en Financial Times que el exceso de individualismo y de codicia nos había llevado a esta situación, y que era necesario volver a los viejos días de valores, confianza y altruismo. Es posible que tenga razón, pero sospecho que la podredumbre puede llegar más hondo.
Acabo de leer un libro que plantea una cuarta teoría aún más perturbadora, que sugiere que no está sucediendo nada nuevo o siniestro. El problema es sencillamente causa de lo que sucede cuando pones a seres humanos en una organización. Según los autores, Robert Hoyk y Paul Hersey, la propensión humana a errar en el cargo es tal que la mayoría de nosotros llevamos un Fred Goodwin, un Dick Fuld o, incluso, un Andrew Fastow dentro preparado para salir en las circunstancias propicias.
Esta teoría es terriblemente atractiva; pero temo que pueda tener parte de razón. Con frecuencia, recuerdo cómo, cuando comencé a trabajar como periodista, me incorporé a Financial Times mientras que una vieja amiga de la escuela acabó en un tabloide. En su periódico, el maquillaje y la invención de historias era algo que se esperaba e, incluso, se alentaba. Cuando pienso en ello, tengo bastante certeza de que, en su caso, me habría comportado del mismo modo.
Según el libro, El ejecutivo ético, parece que mi amiga había caído en cuatro trampas habituales en los trabajadores de oficina: la conformidad, la competencia, la reproducción del comportamiento del grupo y el cambio de nombre a los malos actos. El libro identifica otras 41 trampas que hacen que los trabajadores actúen con malicia o se mientan a sí mismos sobre lo miserables que han sido.
Se podría decir que es un libro bastante aterrador. Pero, en lugar de sumirme en la desesperación, me levantó el ánimo. Si hay 45 trampas esperándonos cuando entramos a la oficina cada mañana, lo que hay que explicar no es cómo nos metimos en este lío, sino por qué los problemas no son aún mayores. El auténtico misterio no es porque los líderes y trabajadores tomaron en ocasiones el camino equivocado, sino por qué la mayoría de los trabajadores, en la mayor parte de las ocasiones, optaron por el adecuado.
Publicado el 18-03-2009 por Lucy Kellaway, columnista de Financial Times.

jueves, 19 de febrero de 2009

Vestir bien, terapia en tiempos de crisis

El verano pasado cené en Roma con un grupo de directivos de aseguradoras británicas e italianas. Para no perder la costumbre, hablamos del tiempo y de la situación económica, hasta que a alguien se le ocurrió hablar de calcetines.
De repente, la velada empezó a cobrar vida. Los hombres retiraron las sillas de la mesa y se remangaron los pantalones. Los ingleses llevaban calcetines bajos, justo por encima del tobillo; los italianos, en cambio, llevaban ejecutivos de punto de seda hasta la rodilla. Los dos bandos observaron con espanto la moda del contrario.
Me acordé de estos expertos en seguros el otro día, leyendo un blog de The New York Times en el que un escritor de moda recomendaba a los hombres qué ponerse el día de su despido. “El atuendo perfecto para un cese debería reflejar ante todo profesionalidad y capacidad de trabajo, y un cierto toque de confianza que deje entrever que se abandona ese puesto por uno mejor. Un traje sobrio con una camisa en tonos vivos es la opción perfecta”.
Aunque a mí personalmente me gustó el consejo, éste provocó una oleada de mensajes de lectores que mostraban su indignación, acusando al autor de cometer una estupidez al centrarse en algo tan trivial en un momento como ése. Estos lectores deberían entender que las banalidades en esta época son más importantes que nunca. Incluso en los buenos tiempos, tampoco creo que deba considerarse superficial asesorar sobre la mejor forma de presentarse en el entorno laboral. Con sólo mirar los calcetines de alguien, sabremos su nacionalidad; por el resto del atuendo conoceremos en qué sector trabaja o su situación económica.
Uno de los efectos secundarios de la recesión es que todos nos arreglamos más. Un traje sobrio no es sólo el atuendo adecuado para un despido, sino para cualquier jornada laboral. Hace poco asistí a una conferencia de directivos de recursos humanos y, a diferencia de hace dos años, cuando todos vestían de manera informal, los asistentes iban con traje y corbata.
El look informal, que en su día adoptamos aliviados como señal de igualitarismo, ahora parece demasiado desaliñado; incluso tiende a pensarse que alguien que viste de forma descuidada tiene la misma actitud con nuestros ahorros. La nueva tendencia a arreglarse es producto de nuestras paranoias. Conozco a un ejecutivo que en las rebajas se ha comprado camisas de una marca exclusiva para enviar a su superior el mensaje subliminal de que prefiere seguir en activo. Ha sido una buena inversión: todavía conserva su puesto y asegura que el ritual de planchar las delicadas prendas le hace pensar con más respeto en su trabajo.
Hace años, descubrí que uno da más importancia a su trabajo cuanto mejor aspecto tiene. Hasta que cumplí los cuarenta, solía vestirme de forma totalmente despreocupada. Ahora llevo chaquetas y tacones, me maquillo e incluso me pongo pendientes de perla. En parte, intento disimular los estragos del paso del tiempo, pero, por otro lado, también he descubierto que, cuando me arreglo para dar una buena impresión, aunque no lo consiga con los demás, lo consigo conmigo misma. Y ése, seguramente, sea un buen comienzo.
Además, cuidar el aspecto ayuda a levantar el ánimo y, con una situación económica tan desastrosa, necesitamos arreglarnos para sentirnos mejor. Hay otras dos ventajas de vestir de manera formal en el trabajo. En primer lugar, al limitar las opciones, no tendremos que preguntarnos qué ponernos y, lo que es mejor, trazaremos una línea clara entre el trabajo y el resto de nuestra vida. Lo mejor de despedirnos del atuendo informal es que con él se van los pensamientos asociados a éste. La idea más patética que he oído es que ese aspecto desaliñado fomentaba nuestra creatividad. Para sobrevivir a esta recesión, lo más recomendable es mejorar nuestro aspecto y tomarnos más en serio nuestro trabajo. Tenemos que salir adelante con nuestro propio esfuerzo. No es casualidad que en ninguno de los foros sobre lo que deberíamos llevar se mencionen los pantalones chinos ni las sudaderas con capucha. Todos parecen querer decir: súbanse los calcetines, ya sean tobilleros o hasta la rodilla.
Publicado en http://www.expansion.com/2009/02/18/financialtimes/1234955255.html el 18-02-2009 , por Lucy Kellaway
The Financial Times Limited 2009. All Rights Reserved.

miércoles, 14 de enero de 2009

Anclas y lastres

En 1987, dos profesores americanos especializados en negociaciones y gestión de empresas, Gregory Northcraft y Margaret Neale, publicaron los resultados de un experimento que habían llevado a cabo para analizar el influjo del precio inicial exigido por el vendedor sobre el desenlace final de la negociación. La segunda lo describe en el libro Negotiating Rationally (escrito en colaboración con Max Bazerman y traducido al español por Paidós, 1993). Con la ayuda de un agente de la propiedad inmobiliaria, elaboraron un detallado dossier sobre una casa y se lo entregaron a distintos agentes inmobiliarios, con la petición de que, tras inspeccionar la casa, dieran su opinión profesional sobre su valor de tasación (appraisal value), el precio al que recomendarían que se pusiera a la venta (listing price), el precio que un comprador razonable pagaría por ella (purchase price) y el precio mínimo que debería exigir el vendedor (lowest offer).

La gracia del experimento estuvo en que en la documentación repartida entre los agentes variaron un dato: el precio de venta sugerido por el propietario, que situaron en 119.900, 129.900, 139.900 y 149.900 dólares, respectivamente.

Anclaje

Cuando analizaron las respuestas, comprobaron que el precio sugerido por el propietario había influido sobre los valores estimados por los agentes. Así, el grupo al que se le había indicado un precio de 119.900 dólares, recomendó, en promedio, que el vendedor fijara un listing price de 118.000 dólares y no aceptara un precio inferior a 112.000 dólares; y el grupo al que se le había sugerido 149.900 dólares, recomendó un listing price de 132.000 dólares y un precio mínimo de 125.000. Paradójicamente, sólo un 19% de los agentes reconoció que, al hacer sus cálculos, había tomado en cuenta el precio sugerido por el vendedor: la abrumadora mayoría porfió en que su tasación obedecía exclusivamente a factores objetivos y criterios profesionales. El experimento corroboró, pues, que los profesionales que tasan inmuebles sucumben también al sesgo que la Psicología Financiera (Behavioral Finance) denomina "anclaje" (anchoring), esto es, al magnetismo que, cuando hacemos estimaciones, ejercen sobre nosotros las cifras que nos rondan por la mente.

Lo más llamativo es que esa atracción numérica se produce ¡aunque tales cifras no guarden relación conceptual alguna con el valor que se tiene que estimar! Para corroborarlo, en 2002 Dan Ariely y otros colegas pidieron a un grupo de estudiantes que indicaran el precio máximo que estarían dispuestos a pagar por ciertos artículos (accesorios de ordenador, vinos, libros, bombones...); pero, antes de que lo hicieran, les pidieron que escribieran las dos últimas cifras de su número de Seguridad Social -equivalente a nuestro DNI- y respondieran si estarían o no dispuestos a pagar ese número de dólares por cada uno de los artículos. Pues bien, por un mismo teclado inalámbrico de ordenador los estudiantes cuyo número de identidad acababa entre 80 y 99 se mostraron dispuestos a pagar 56 dólares, mientras que aquellos cuya terminación estaba entre 00 y 19 ofrecieron tan sólo 16 dólares. Ariely detalla el experimento en Coherent Arbitrariness y en el capítulo 2 de su libro Predictably Irracional (en español, "Las trampas del deseo" Ariel, 2008) y muestra que la arbitrariedad de los valores absolutos no está reñida con la coherencia de los relativos: una vez que, víctimas del anclaje, los estudiantes atribuyeron un precio arbitrario al primero de los artículos, dieron a los restantes un valor nominal coherente con ese ancla.

Expectativas adaptativas

Por desgracia, esa debilidad de la percepción humana se manifiesta en muchos ámbitos. Keynes-que, en el fondo, fue el gran pionero de la moderna escuela de la Psicología Financiera-, señala en el capítulo XII (párrafo tercero) de su Teoría General cómo, de resultas de la incertidumbre, nuestras previsiones económicas quedan ancladas por el presente:

"Sería absurdo que, al formar nuestras expectativas, atribuyéramos mucho peso a cosas que son poco previsibles. Es razonable, pues, que nos guiemos en gran medida por hechos sobre los que tenemos bastante confianza, aunque tengan una influencia menos decisiva que otros hechos sobre los que nuestro conocimiento es vago y fragmentario. Por eso, los hechos presentes influyen de una forma desproporcionada en la formación de nuestras expectativas a largo plazo: nuestra práctica habitual consiste en partir de la situación actual y proyectarla hacia el futuro, modificándola sólo en la medida en que tengamos razones concluyentes para esperar un cambio".

Y -añado yo- como en la práctica rara vez tendremos razones "concluyentes" para estimar con certeza los valores futuros, partiremos de los valores recientes y los ajustaremos sólo en la medida en que percibamos tendencias claras irreconciliables con ellos. Esa inercia será especialmente intensa cuando el gobernante o analista económico vislumbren tendencias adversas, porque la "presunción de mantenimiento de la felicidad" jugará el papel de la "presunción de inocencia" del Derecho Penal y el ajuste de las previsiones se retrasará hasta que sea insoslayable. Tales expectativas "adaptativas" o "extrapolativas", aunque no sean plenamente "racionales", sí serán frecuentes, como queda de manifiesto cuando se producen súbitos deterioros en los mercados financieros o en la coyuntura económica: muy pocos analistas suelen anticiparlos.

Burbujas y asimetrías

El fenómeno del anclaje explica también, en parte, la dificultad para percibir las "burbujas especulativas" en su fase ascendente y las dificultades para corregir sus efectos si, tras su explosión, desaparecen las transacciones o se retrae gravemente la actividad en el mercado secundario.

En efecto, en la fase ascendente los precios de mercado subirán progresivamente, espoleados por el optimismo y la generosidad del crédito, y esas frecuentes revisiones al alza del precio de las transacciones ejercerán un gran magnetismo sobre los tasadores, analistas y demás agentes.

Tras el cambio de tendencia, sin embargo, la corrección de precios sólo será rápida en aquellos activos que conserven un mercado secundario activo -como ocurre en las Bolsas o en el mercado de la vivienda de Estados Unidos-. Pero si -como está ocurriendo en el mercado inmobiliario en España- los vendedores se retraen y se resisten a aceptar la inevitable caída de precios, persistirá el anclaje psicológico de los antiguos precios, aunque ya no sean realistas. Ese espontáneo sesgo se verá favorecido si los promotores, los prestamistas hipotecarios e incluso las propias autoridades temen los efectos de un "desplome" de precios: tales deseos no pasarán inadvertidos a los tasadores, quienes lograrán reconciliar sus estrictos cánones de actuación profesional con el "sentido de la responsabilidad" y el institinto de supervivencia. La falta de transacciones representativas les permitirá dosificar con cuentagotas la bajada de las tasaciones, hasta que la necesidad imperiosa de vender de algunos fuerce a todos a reconocer el cambio de circunstancias.

Yo no sé cuánto tienen que caer en España los precios de la vivienda, pero me extrañaría que, en promedio, sea en términos nominales menos de lo que bajó el IBEX en 2008. El anclaje de los precios de la vivienda en el nivel que alcanzaron durante la euforia nos ahorrará conmociones y sinsabores inmediatos, pero terminará siendo un lastre que dificulte la todavía lejana recuperación.
MANUEL CONTHE
[Publicado en "Expansión" el 13-1-09]

martes, 6 de enero de 2009

"Si los hombres perciben [/definen] una situación como real, sus consecuencias serán reales"

Pubicado en Expansión-
En el libro "Platón y un ornitorrinco entran en un bar..."(Editorial Planeta, 2008) -una entretenida divagación, entreverada de chistes, sobre cuestiones filosóficas-, sus autores ilustran el concepto lógico de razonamiento circular o "petición de principio" mediante un conocido chiste:

A comienzos de otoño, una tribu india pide consejo a su jefe: - "Gran Jefe, ¿va a hacer frío este invierno?", preguntan preocupados. -"Todavía es pronto para asegurarlo, pero sí, creo que se avecina un frío invierno", afirma el jefe, tratando de aparentar seguridad. Los indios empiezan a almacenar leña. Como el jefe no está muy seguro de su previsión, llama al Servicio de Meteorología, donde le confirman que se espera un duro invierno. Al cabo de unos días, los indios vuelven a preguntar a su jefe y éste les responde que sí, que almacenen más leña. El jefe llama de nuevo a los meteorólogos para corroborar su pronóstico y le dicen que va a hacer más frío de lo previsto. El proceso se repite varias veces y los indios se consagran en cuerpo y alma a almacenar leña. El jefe indio, intrigado, pregunta finalmente a Metereología: -"¿Por qué estáis tan seguros de que va a ser uno de los inviernos más fríos de todos los tiempos?" - "Mire, no sabemos el motivo, pero... ¡es que los indios andan recogiendo leña como locos!".

Crisis económicas y financieras

Si sustituimos "acumular leña" por "ahorrar" o "disminuir gastos", el chiste no sólo ilustra los razonamientos circulares, sino también la espiral recesiva que la economía mundial ha iniciado a lo largo de este año. Aunque el chiste no aclara la razón del aumento inicial de la propensión a ahorrar-acumular leña -que está en la necesidad de muchos de hacer frente a un endeudamiento excesivo o falta de aprovisionamiento de leña que se gestó en una etapa anterior de bonanza-, muestra el dilema de cuantas autoridades, expertos e instituciones desempeñan la función de "metereólogos económicos": cuanto más sombríos sus pronósticos, tanto más ahorradores se volverán los ciudadanos y más intensa será la caída de la demanda agregada. Seamos, pues, moderadamente indulgentes con la inclinación de los gobernantes a edulcorar sus previsiones económicas, siempre que su optimismo sea moderado y no les conduzca a graves errores de decisión.

Fue el sociólogo americano Robert K. Merton quien acuñó el término "profecías que se auto-cumplen" (self-fulfilling prophecies) para denominar esos procesos circulares en los que, como en el chiste de los indios, la mera difusión de un pronóstico o temor hipotético puede hacerlo realidad. Otros -entre ellos, el Premio Nobel de Economía, Thomas Schelling- prefieren hablar de "expectativas que se auto-realizan" (self-realizing expectations), puesto que las profecías son sólo una modalidad concreta de expectativa.

El caso clásico con que Merton ilustró el concepto fue el de un pánico bancario: si la gente cree que es probable que un banco entre en crisis, si no está protegido por garantías públicas la súbita retirada de depósitos de clientes y la negativa de otras instituciones a financiarle precipitarán su crisis, incluso aunque los temores iniciales tuvieran poco fundamento. En los años 80, Maurice Obstfeld aplicó un razonamiento similar a las crisis cambiarias y constató que un ataque especulativo masivo contra una moneda con tipo de cambio fijo puede forzar al Gobierno a abandonarlo y dejar que la moneda se deprecie incluso aunque no esté sobrevalorada, pues la elevación de tipos de interés que exigiría la defensa de la antigua paridad puede resultar dañina para el país.

Discriminación estadística

Las expectativas que se auto-realizan están en el origen de una modalidad de discriminación por razón de raza o sexo que describió en 1973 el Premio Nobel Kenneth Arrow y se conoce como "discriminación estadística", pero que el economista británico Tim Harford denomina, con más elocuencia, el problema del "racismo racional" en su entretenido libro "La lógica oculta de la vida" (Temas de Hoy, 2008).

Se da cuando un empleador, ante la dificultad y coste de calibrar el nivel de formación y productividad de un candidato, basa su decisión de contratarle o no en la formación y productividad media del grupo social en el que le encuadra en atención a alguna característica visible -por ejemplo, su raza o sexo-, complementando acaso ese criterio con una prueba o entrevista individual que, imperfecta, produce unos resultados en los que influye la suerte. El uso del estereotipo social para juzgar al candidato y la imperfección de la prueba de sus méritos individuales podrán alterar los incentivos de los candidatos procedentes de un grupo social de escasa formación: su esfuerzo por invertir en su propia educación tendrá un coste tangible, pero sólo aumentará ligeramente la probabilidad de que sean contratados, lo que terminará por desanimarles y reforzará la percepción de que los miembros de ese grupo social están poco cualificados. En algunos experimentos se ha comprobado que ese patrón de discriminación estadística puede surgir aunque todos los candidatos sean inicialmente idénticos y queden divididos en grupos sociales artificiales (por ejemplo, "verdes" y "morados"): bastará con que los empleadores atribuyan carácter causal a las diferencias que el azar producirá en la media de los resultados de las pruebas realizadas por los miembros de cada grupo para que esa percepción de que un grupo está mejor formado que el otro, aunque inicialmente equivocada, termine por tener base objetiva y ser "racional".

Teorema de Thomas

Pero la discriminación estadística basada en los promedios, estereotipos o categorías sociales favorecerá a los miembros de grupos social con buena reputación, que se beneficiarán a título individual del fenómeno que Phil Rosenzweig denominó "efecto aureola" (halo effect), al que dediqué una de mis primeras Crónicas Mínimas ("El peligro de las aureolas"). Según Rosenzweig, el efecto aureola distorsiona la percepción de las empresas y directivos: mientras tienen éxito -en ocasiones, gracias a una racha de buena suerte o a factores cíclicos-, los analistas, periodistas e inversores sentirán por ellos gran respeto y verán destellos de genio en sus decisiones más triviales; pero tan pronto la fortuna les deje de sonreír serán criticados por quienes les ensalzaron, aunque su conducta no haya cambiado sustancialmente.

A mi juicio, el efecto aureola se manifiesta no sólo en la percepción de personas y empresas, sino también en la de países, instituciones y mercados financieros; y, paradójicamente, hace más dañinos los fraudes cuyo origen está en los mercados que gozan de mejor reputación internacional. Es, en gran medida, la explicación del alcance internacional de los escándalos financieros surgidos en Estados Unidos en los últimos años, cuya última manifestación ha sido el descubrimiento de la gigantesca pirámide financiera creada por Bernard Madoff: fue precisamente que el financiero tuviera sus oficinas en Nueva York, hubiera presidido el mercado Nasdaq y perteneciera a la aristocracia financiera judía lo que le proporcionó una vitola de respetabilidad que generó la confianza ciega de muchos inversores extranjeros y fundaciones filantrópicas. Sin la protección de esa aureola, el engaño de Madoff no habría alcanzado tal dimensión.

En 1928, el sociólogo americano William Thomas enunció un principio que Robert Merton denominó años después "Teorema de Thomas" y utilizó como inspiración de su propia teoría de las "profecías que se auto-cumplen":

"Si los hombres perciben [/definen] una situación como real, sus consecuencias serán reales".

Por desgracia, uno de sus tristes corolarios es que el exceso de confianza que provocan las apariencias puede tener consecuencias funestas.
MANUEL CONTHE

lunes, 5 de enero de 2009

Herramienta Feedback

Cuando un bebé o un niño o un adolescente hace una barrabasada, se plantean varios problemas: primero, contener el enfado que produce –o debiera producir– un ser malcriado en los demás. Me refiero a los gritos o a haber derramado la papilla sobre la falda de la vecina o a haber tirado del mantel de la mesa, con los efectos nefastos que pueden imaginarse.Contenerse no es lo más trascendental, pero es lo primero que importa si se quiere abordar el siguiente paso: ignorar la mala conducta del bebé, del niño o del joven o, por el contrario, castigarla.En diversos experimentos efectuados hemos descubierto que la solución es distinta en el caso de los niños que en el de los jóvenes o adolescentes. Aunque cueste creerlo, resulta que los primeros reaccionan mejor ante las recompensas que ante las medidas disciplinarias. ¡Atención, mamás y papás y, sobre todo, abuelos! Es mejor ignorar las ‘maldades’ de los niños y bebés para centrarse en recompensarlos cuando hacen las cosas bien. La situación es totalmente distinta cuando se trata de adolescentes. Tanto ante sus canalladas como ante las faltas leves, es más eficaz aplicar una medida disciplinaria cuando se equivocan que premiarlos cuando aciertan. ¿Cómo es posible esta diferencia en los mecanismos cerebrales marcada, simplemente, por la edad? La verdad es que no lo sabemos todavía. No conocemos en detalle los cambios que se han producido en los circuitos cerebrales del niño que llega a la pubertad. Pero tenemos otro tipo de explicación que puede dejarnos menos desconcertados. ¿Cuál sería la razón de este comportamiento diferenciado?No hace mucho tiempo que hemos descubierto que suministrar disciplina supone una cierta dosis de inteligencia. Reaccionar irasciblemente sin otro propósito que dar rienda suelta al enfado no exige gran cosa. Tomar nota, en cambio, de la agresión y maquinar una respuesta posterior que suponga una lección para que el delincuente expíe su pecado o mejore su talante es algo muy distinto que exige grandes dosis de inteligencia. Estamos hablando de niveles de inteligencia que, tal vez, se den únicamente en los adolescentes y todavía no en los niños. Parecería lógico que si nos adentramos en los dominios de la inteligencia cognitiva, los mayores sean algo más sofisticados que los adolescentes y éstos, que los niños. Existen otras maneras más simples de explicar las diferencias en la eficacia de la recompensa y el castigo según las edades. Es mucho más complicado cambiar de proceder a raíz de haberse equivocado que repetir, simplemente, las decisiones acertadas cuando se te dice que lo has hecho muy bien y te recompensan por ello.Aprender de los propios errores es mucho más engorroso y difícil que repetir una decisión por la que, además, te recompensan. Siempre estamos dispuestos a admitir que deberíamos aprender de nuestros propios errores, pero difícilmente estamos dispuestos a admitir que nos hemos equivocado. Parece lógico que a un niño le cueste más que a un joven aprender de sus propios errores y, por lo tanto, muy posiblemente, tengan razón aquellos lectores que recompensan más a sus hijos o nietos de lo que los castigan cuando no hayan iniciado todavía la adolescencia. A mí lo que me sigue maravillando es que hasta hace muy poco tiempo no sabíamos nada de nada de lo que nos estaba pasando a nosotros por dentro, y mucho menos a nuestros hijos y nietos. Ya era hora de que las mujeres y los hombres de la calle recibieran pautas sobre temas que para ellos y para la sociedad son trascendentales. La única excusa que tenían los que debían habernos dado esas pautas es que ellos tampoco lo sabían, aunque creían saberlo.
Eduardo Punset