Últimamente, me he encontrado con cuatro explicaciones sobre cómo nos metimos en la situación en la que nos encontramos y la primera es que hay demasiados hombres en cargos de responsabilidad.
La primera de estas cuatro explicaciones dice que se debe a que hay demasiados hombres en cargos de responsabilidad. Si las mujeres hubieran estado al frente, no habrían asumido riesgos tan altos y los bancos seguirían concediendo créditos y la economía aún estaría creciendo.
Esta teoría me resulta sensiblera, indemostrable y totalmente estúpida. No tenemos ni idea de cómo sería la economía si estuviera dirigida por mujeres, una economía así nunca ha existido. Mi experiencia en un centro educativo exclusivo para mujeres –un colegio para mujeres en la Universidad de Oxford– me lleva a pensar que las cosas habrían sido muy similares. Por lo que sé, la principal diferencia entre los colegios de hombres y de mujeres tenía más que ver con el apetito por el desayuno que con el apetito por el riesgo. En mi colegio, las estudiantes se levantaban por lo general a tiempo para tomar huevos revueltos con tostadas y recorrían los pasillos en camisón, mientras los hombres tendían a permanecer en la cama.
La segunda explicación no culpa de la crisis al exceso de hombres en altos cargos, sino al exceso de alphas. El error fue que los líderes eran demasiado autocráticos. Si, en cambio, hubieran sido más curiosos y hubieran mantenido los pies sobre la tierra, las cosas habrían ido mejor.
El error de esta teoría es que no refleja de forma realista la naturaleza humana. La gente madura y con los pies sobre la tierra por lo general no quiere ser líder. Tener los pies sobre el suelo implica que no deseas que otra gente te siga, ya que es una molestia y una responsabilidad, y eres perfectamente feliz tal y como estás. Y la curiosidad implica que es más probable que optes por una carrera como detective privado o periodista, no como banquero o ejecutivo.
La tercera teoría sitúa la raíz del problema en el egoísmo. La semana pasada, el economista Richard Layard exponía en Financial Times que el exceso de individualismo y de codicia nos había llevado a esta situación, y que era necesario volver a los viejos días de valores, confianza y altruismo. Es posible que tenga razón, pero sospecho que la podredumbre puede llegar más hondo.
Acabo de leer un libro que plantea una cuarta teoría aún más perturbadora, que sugiere que no está sucediendo nada nuevo o siniestro. El problema es sencillamente causa de lo que sucede cuando pones a seres humanos en una organización. Según los autores, Robert Hoyk y Paul Hersey, la propensión humana a errar en el cargo es tal que la mayoría de nosotros llevamos un Fred Goodwin, un Dick Fuld o, incluso, un Andrew Fastow dentro preparado para salir en las circunstancias propicias.
Esta teoría es terriblemente atractiva; pero temo que pueda tener parte de razón. Con frecuencia, recuerdo cómo, cuando comencé a trabajar como periodista, me incorporé a Financial Times mientras que una vieja amiga de la escuela acabó en un tabloide. En su periódico, el maquillaje y la invención de historias era algo que se esperaba e, incluso, se alentaba. Cuando pienso en ello, tengo bastante certeza de que, en su caso, me habría comportado del mismo modo.
Según el libro, El ejecutivo ético, parece que mi amiga había caído en cuatro trampas habituales en los trabajadores de oficina: la conformidad, la competencia, la reproducción del comportamiento del grupo y el cambio de nombre a los malos actos. El libro identifica otras 41 trampas que hacen que los trabajadores actúen con malicia o se mientan a sí mismos sobre lo miserables que han sido.
Se podría decir que es un libro bastante aterrador. Pero, en lugar de sumirme en la desesperación, me levantó el ánimo. Si hay 45 trampas esperándonos cuando entramos a la oficina cada mañana, lo que hay que explicar no es cómo nos metimos en este lío, sino por qué los problemas no son aún mayores. El auténtico misterio no es porque los líderes y trabajadores tomaron en ocasiones el camino equivocado, sino por qué la mayoría de los trabajadores, en la mayor parte de las ocasiones, optaron por el adecuado.
La primera de estas cuatro explicaciones dice que se debe a que hay demasiados hombres en cargos de responsabilidad. Si las mujeres hubieran estado al frente, no habrían asumido riesgos tan altos y los bancos seguirían concediendo créditos y la economía aún estaría creciendo.
Esta teoría me resulta sensiblera, indemostrable y totalmente estúpida. No tenemos ni idea de cómo sería la economía si estuviera dirigida por mujeres, una economía así nunca ha existido. Mi experiencia en un centro educativo exclusivo para mujeres –un colegio para mujeres en la Universidad de Oxford– me lleva a pensar que las cosas habrían sido muy similares. Por lo que sé, la principal diferencia entre los colegios de hombres y de mujeres tenía más que ver con el apetito por el desayuno que con el apetito por el riesgo. En mi colegio, las estudiantes se levantaban por lo general a tiempo para tomar huevos revueltos con tostadas y recorrían los pasillos en camisón, mientras los hombres tendían a permanecer en la cama.
La segunda explicación no culpa de la crisis al exceso de hombres en altos cargos, sino al exceso de alphas. El error fue que los líderes eran demasiado autocráticos. Si, en cambio, hubieran sido más curiosos y hubieran mantenido los pies sobre la tierra, las cosas habrían ido mejor.
El error de esta teoría es que no refleja de forma realista la naturaleza humana. La gente madura y con los pies sobre la tierra por lo general no quiere ser líder. Tener los pies sobre el suelo implica que no deseas que otra gente te siga, ya que es una molestia y una responsabilidad, y eres perfectamente feliz tal y como estás. Y la curiosidad implica que es más probable que optes por una carrera como detective privado o periodista, no como banquero o ejecutivo.
La tercera teoría sitúa la raíz del problema en el egoísmo. La semana pasada, el economista Richard Layard exponía en Financial Times que el exceso de individualismo y de codicia nos había llevado a esta situación, y que era necesario volver a los viejos días de valores, confianza y altruismo. Es posible que tenga razón, pero sospecho que la podredumbre puede llegar más hondo.
Acabo de leer un libro que plantea una cuarta teoría aún más perturbadora, que sugiere que no está sucediendo nada nuevo o siniestro. El problema es sencillamente causa de lo que sucede cuando pones a seres humanos en una organización. Según los autores, Robert Hoyk y Paul Hersey, la propensión humana a errar en el cargo es tal que la mayoría de nosotros llevamos un Fred Goodwin, un Dick Fuld o, incluso, un Andrew Fastow dentro preparado para salir en las circunstancias propicias.
Esta teoría es terriblemente atractiva; pero temo que pueda tener parte de razón. Con frecuencia, recuerdo cómo, cuando comencé a trabajar como periodista, me incorporé a Financial Times mientras que una vieja amiga de la escuela acabó en un tabloide. En su periódico, el maquillaje y la invención de historias era algo que se esperaba e, incluso, se alentaba. Cuando pienso en ello, tengo bastante certeza de que, en su caso, me habría comportado del mismo modo.
Según el libro, El ejecutivo ético, parece que mi amiga había caído en cuatro trampas habituales en los trabajadores de oficina: la conformidad, la competencia, la reproducción del comportamiento del grupo y el cambio de nombre a los malos actos. El libro identifica otras 41 trampas que hacen que los trabajadores actúen con malicia o se mientan a sí mismos sobre lo miserables que han sido.
Se podría decir que es un libro bastante aterrador. Pero, en lugar de sumirme en la desesperación, me levantó el ánimo. Si hay 45 trampas esperándonos cuando entramos a la oficina cada mañana, lo que hay que explicar no es cómo nos metimos en este lío, sino por qué los problemas no son aún mayores. El auténtico misterio no es porque los líderes y trabajadores tomaron en ocasiones el camino equivocado, sino por qué la mayoría de los trabajadores, en la mayor parte de las ocasiones, optaron por el adecuado.
Publicado el 18-03-2009 por Lucy Kellaway, columnista de Financial Times.