lunes, 31 de enero de 2011

Cuando lo malo y barato es lo mejor


En un siglo XXI enclenque y sin ánimo, el precio se convierte en la gran baza para muchas empresas.


Hace que el estilo de gestión más ortodoxo se convierta en polvo, se le acumulan las reclamaciones, la experiencia del usuario puede ser una pesadilla, no parece importante lo que opinen de ella, las facilidades provocan dificultades, la flexibilidad no existe, su estrategia de márketing hiere sensibilidades, su presidente es radical e histriónico y muchas de sus propuestas resultan ofensivas.

Pero es una empresa líder.

Ryanair representa el más curioso ejemplar de una raza de compañías que triunfan cuando desatienden el protocolo corporativo más primario y atiende una única variable: El precio.

La empresa que pilota Michael O`Leary descubrió hace tiempo que, con sufrimiento o sin él, los viajeros volverían a protegerse bajo su logo en cuanto se dieran de nuevo cuenta de que pueden volar muy lejos por menos de tres cifras.

Es más que un operador aéreo. Ryanair es una compañía que conoce mejor que un catedrático de sicología los entramados de la mente humana de un siglo XXI enclenque y sin cache. Cualquiera que haya volado con Ryanair podría pensar: nunca volaré con Ryanair. Cualquiera ha sufrido un proceso de compra infernal en el que casi olvida excluir del precio un seguro de viaje camuflado, ha tardado horas en hacer la maleta perfecta que quepa en un hueco imperfecto, ha temblado bajo la amenaza de que el equipaje marque sobrepeso, ha sudado ante la posible perdida de la tarjeta de embarque, ha vivido un martirio en una silla minúscula, ha sido acosado por las ofertas comerciales de una tripulación con mucha vitalidad y ha rezado para que el vuelo llegara en hora y sin problemas, intuyendo que cualquier reclamación iba a ser más impracticable que una refinanciación de deuda.


Así que cualquiera piensa que es mejor pagar cualquier precio antes que sentirse ganado.

Pero llega el siguiente viaje. Cualquiera inicia el proceso de comparativa de tarifas excluyendo a Ryanair para acabar pensando que, en realidad, sus aviones no están tan mal, que solo se trata de un par de horas de estrés frente a un ahorro crucial, que todas las aerolíneas son parecidas…

Y, así, vuelve a la torre de control de O`Leary, a quien no importa amenazar con cobrar por ir al baño, con subir el precio de los billetes de los gordos, con que los pasajeros viajen de pie o con pintar narices de Pinocho en la competencia. No le importa nada.

No parece importarle nada tampoco la sentencia de un juzgado de Barcelona que ha decidido que Ryanair no tiene derecho a cobrar a los viajeros 40 euros cuando olviden imprimir la tarjeta de embarque.

No le importa porque su estrategia le ha llevado a ser líder en el mercado español, con casi 23 millones de pasajeros en 2010, frente a los algo más de veinte millones que transportó Iberia.

Tal vez, cuando el siglo XXI gane peso y estatus, Ryanair si le importe no haberle importado que el cliente es el rey. Pero, de momento, la corona se la queda para subastara en el próximo vuelo.

Clara Isabel Ruiz de Gauna Gutierrez

Jefa de Empresas de EXPANSIÓN

domingo, 9 de enero de 2011

MANUEL VICENT: Ver la luz

El solsticio de invierno marca el final de la larga noche en el hemisferio norte, un suceso astronómico que se ha incorporado a la cultura universal y también a la intimidad de cada persona. Seguramente el hombre del paleolítico ya se dio cuenta de que en mitad del frío boreal, de pronto el sol comenzaba a crecer y la luz del día se dilataba con una cadencia precisa. Hubo un mago con cuernos de bisonte en la frente que propuso a la tribu bailar al son de los tambores para celebrarlo. Esta fiesta en homenaje al sol que nace ha seguido a lo largo de la historia, pero desde el paleolítico la humanidad se divide en dos: unos que descubren esa nueva luz en todas partes, la incorporan a su espíritu y la proyectan sobre los demás; otros que lo ven siempre todo negro y trasmiten su propia oscuridad alrededor e incluso en pleno agosto, con todas las chicharras hirviendo, no son capaces de quitarse el invierno de encima. Esta dicotomía del alma puede aplicarse a cualquier tipo de personas, políticos, economistas, obispos, intelectuales y sociólogos, que conforman la opinión pública y también a camareros, taxistas, carteros y cajeras de supermercado, el espeso caldo humano que uno se ve obligado a navegar. Hay sujetos con barba por dentro que con solo abrir la boca ya te han amargado el día. Cualquiera puede oírlos en el Parlamento, en las tertulias de la televisión, en la barra del bar, en los despachos y oficinas. Solo hallan inspiración en las catástrofes reales o imaginarias que se avecinan y como los antiguos profetas se refocilan con sumo placer si el mal que anuncian se cumple. En cambio otros incorporan la naturaleza a la vida con el ciclo de los astros y no pueden evitar un grado de felicidad al saber que el sol irá mordiendo la oscuridad, despertará inevitablemente la savia en los troncos de los árboles y ese acontecimiento de la luz rotará tanto en las esferas celestes como sobre su propio futuro. En este tiempo de disciplinantes aciagos, para salvarse hay que elegir entre aquellos que al ver unas flores siempre piensan en un féretro y los que son capaces de matar con tal de que nadie le estropee el desayuno. Para vivir hay que demostrar primero que uno no está muerto por dentro. Esa es la única moral.

martes, 4 de enero de 2011

¿Qué mundo les vamos a dejar a nuestros hijos?


Leopoldo Abadía (Zaragoza, 1933) es un profesor y escritor español conocido por su análisis de la crisis económica actual.

Dice en su artículo:

Me escribe un amigo diciendo que está muy preocupado por el futuro de sus nietos.
Que no sabe qué hacer: si dejarles herencia para que estudien o gastarse el dinero con su mujer y que "Dios les coja confesados".
Lo de que Dios les coja confesados es un buen deseo, pero me parece que no tiene que ver con su preocupación.
En muchas de mis conferencias, se levantaba una señora (esto es pregunta de señoras) y decía esa frase que me a mí me hace tanta gracia: "qué mundo les vamos a dejar a nuestros hijos?"
Ahora, como me ven mayor y ven que mis hijos ya están crecidos y que se manejan bien por el mundo, me suelen decir "qué mundo les vamos a dejar a nuestros nietos?"
Yo suelo tener una contestación, de la que cada vez estoy más convencido:
"y a mí, qué me importa?!"
Quizá suena un poco mal, pero es que, realmente, me importa muy poco.
Yo era hijo único. Ahora, cuando me reuno con los otros 64 miembros de mi familia directa, pienso lo que dirían mis padres, si me vieran, porque de 1 a 65 hay mucha gente. Por lo menos, 64.
Mis padres fueron un modelo para mí. Se preocuparon mucho por mis cosas, me animaron a estudiar fuera de casa (cosa fundamental, de la que hablaré otro día, que te ayuda a quitarte la boina y a descubrir que hay otros mundos fuera de tu pueblo, de tu calle y de tu piso), se volcaron para que fuera feliz. Y me exigieron mucho.
Pero qué mundo me dejaron? Pues mirad, me dejaron:
1. La guerra civil española
2. La segunda guerra mundial
3. Las dos bombas atómicas
4. Corea
5. Vietnam
6. Los Balcanes
7. Afganistán
8. Irak
9. Internet
10. La globalización
Y no sigo, porque ésta es la lista que me ha salido de un tirón, sin pensar. Si pienso un poco, escribo un libro.
Vosotros creéis que mis padres pensaban en el mundo que me iban a dejar? Si no se lo podían imaginar!
Lo que sí hicieron fue algo que nunca les agradeceré bastante: intentar darme una muy buena formación.Si no la adquirí, fue culpa mía.
Eso es lo que yo quiero dejar a mis hijos, porque si me pongo a pensar en lo que va a pasar en el futuro, me entrará la depre y además, no servirá para nada, porque no les ayudaré en lo más mínimo.
A mí me gustaría que mis hijos y los hijos de ese señor que me ha escrito y los tuyos y los de los demás, fuesen gente responsable, sana, de mirada limpia, honrados, no murmuradores, sinceros, leales. Lo que por ahí se llama "buena gente".
Porque si son buena gente harán un mundo bueno.
Por tanto, menos preocuparse por los hijos y más darles una buena formación:
que sepan distinguir el bien del mal,
que no digan que todo vale,
que piensen en los demás,
que sean generosos. . . .
En estos puntos suspensivos podéis poner todas las cosas buenas que se os ocurran.
Al acabar una conferencia la semana pasada, se me acercó una señora joven con dos hijos pequeños. Como también aquel día me habían preguntado lo del mundo que les vamos a dejar a nuestros hijos, ella me dijo que le preocupaba mucho qué hijos íbamos a dejar a este mundo.
A la señora joven le sobraba sabiduría, y me hizo pensar.Y volví a darme cuenta de la importancia de los padres. Porque es fácil eso de pensar en el mundo, en el futuro, en lo mal que está todo, pero mientras los padres no se den cuenta de que los hijos son cosa suya y de que si salen bien, la responsabilidad es un 97% suya y si salen mal, también, no arreglaremos las cosas.
Y el Gobierno y las Autonomías se agotarán haciendo Planes de Educación, quitando la asignatura de Filosofía y volviéndola a poner, añadiendo la asignatura de Historia de mi pueblo (por aquello de pensar en grande) o quitándola, diciendo que hay que saber inglés y todas estas cosas.
Pero lo fundamental es lo otro: los padres. Ya sé que todos tienen mucho trabajo,
que las cosas ya no son como antes,
que el padre y la madre llegan cansados a casa,
que mientras llegan, los hijos ven la tele basura, que lo de la libertad es lo que se lleva,
que la autoridad de los padres es cosa del siglo pasado.
Lo sé todo. TODO. Pero no vaya a ser que como lo sabemos todo, no hagamos NADA.

P. D .
1. No he hablado de los nietos, porque para eso tienen a sus padres.
2. Yo, con mis nietos, a merendar y a decir tonterías y a reírnos, y a contarles las notas que sacaba su padre cuando era pequeño.
3. Y así, además de divertirme, quizá también ayudo a formarles.