
En un siglo XXI enclenque y sin ánimo, el precio se convierte en la gran baza para muchas empresas.
Hace que el estilo de gestión más ortodoxo se convierta en polvo, se le acumulan las reclamaciones, la experiencia del usuario puede ser una pesadilla, no parece importante lo que opinen de ella, las facilidades provocan dificultades, la flexibilidad no existe, su estrategia de márketing hiere sensibilidades, su presidente es radical e histriónico y muchas de sus propuestas resultan ofensivas.
Pero es una empresa líder.
Ryanair representa el más curioso ejemplar de una raza de compañías que triunfan cuando desatienden el protocolo corporativo más primario y atiende una única variable: El precio.
La empresa que pilota Michael O`Leary descubrió hace tiempo que, con sufrimiento o sin él, los viajeros volverían a protegerse bajo su logo en cuanto se dieran de nuevo cuenta de que pueden volar muy lejos por menos de tres cifras.
Es más que un operador aéreo. Ryanair es una compañía que conoce mejor que un catedrático de sicología los entramados de la mente humana de un siglo XXI enclenque y sin cache. Cualquiera que haya volado con Ryanair podría pensar: nunca volaré con Ryanair. Cualquiera ha sufrido un proceso de compra infernal en el que casi olvida excluir del precio un seguro de viaje camuflado, ha tardado horas en hacer la maleta perfecta que quepa en un hueco imperfecto, ha temblado bajo la amenaza de que el equipaje marque sobrepeso, ha sudado ante la posible perdida de la tarjeta de embarque, ha vivido un martirio en una silla minúscula, ha sido acosado por las ofertas comerciales de una tripulación con mucha vitalidad y ha rezado para que el vuelo llegara en hora y sin problemas, intuyendo que cualquier reclamación iba a ser más impracticable que una refinanciación de deuda.
Así que cualquiera piensa que es mejor pagar cualquier precio antes que sentirse ganado.
Pero llega el siguiente viaje. Cualquiera inicia el proceso de comparativa de tarifas excluyendo a Ryanair para acabar pensando que, en realidad, sus aviones no están tan mal, que solo se trata de un par de horas de estrés frente a un ahorro crucial, que todas las aerolíneas son parecidas…
Y, así, vuelve a la torre de control de O`Leary, a quien no importa amenazar con cobrar por ir al baño, con subir el precio de los billetes de los gordos, con que los pasajeros viajen de pie o con pintar narices de Pinocho en la competencia. No le importa nada.
No parece importarle nada tampoco la sentencia de un juzgado de Barcelona que ha decidido que Ryanair no tiene derecho a cobrar a los viajeros 40 euros cuando olviden imprimir la tarjeta de embarque.
No le importa porque su estrategia le ha llevado a ser líder en el mercado español, con casi 23 millones de pasajeros en 2010, frente a los algo más de veinte millones que transportó Iberia.
Tal vez, cuando el siglo XXI gane peso y estatus, Ryanair si le importe no haberle importado que el cliente es el rey. Pero, de momento, la corona se la queda para subastara en el próximo vuelo.
Clara Isabel Ruiz de Gauna Gutierrez
Jefa de Empresas de EXPANSIÓN

